jueves, 26 de julio de 2012

Nacer póstumo

Escribía hace ya muchos años un joven prusiano, ante las continuas criticas que de todos los sectores de la sociedad, y especialmente de aquellos que él consideraba mejor preparados para entenderle, que "había nacido póstumo" o lo que es lo mismo, que sus ideas no pertenecían al tiempo en que fueron concebidas, que pertenecían a un futuro en el que él, ya habría muerto.
Quizás podríamos llegar a admitir que él tiempo le ha dado la razón, que sus palabras han sido repetidas hasta la saciedad en los tiempos que le sucedieron, pero francamente, la capacidad para realizar acertadamente una predicción de este tipo, escapa por mucho a la capacidad humana.
Pero no, en sus palabras había mucho más. Tenemos la fea costumbre (¡Oh nosotros simples mortales!) de ver en los grandes pensadores (sea cual sea su rama del conocimiento) una especie de seres extraños que escapan a nuestra comprensión, seres que, escondidos trás sus palabras y sus formulas, pierden en no pocas ocasiones su humana naturaleza a nuestro punto de vista, y que sin embargo, es posiblemente la característica más real de sus existencia.
Cuando las circunstancias llevaron a Nietzche a expresar esa opinión, no era su conocimiento del futuro lo que lo guiaba, sino su incomprensión del mundo en que vivía. Lo que hizo a Nietzche llegar a dicha expresión no fue más que ser un incomprendido, el no poder entender como sus coetáneos, sus compañeros de estudios y fechorías, eran incapaces de comprender la verdad que el creía inscrita en sus palabras.
No fue su fe en las futuras generaciones, sino su falta de entendimiento con sus compañeros y su fe ciega en sus pensamientos, estaba tan convencido de todo cuanto pensaba, que negándose a admitir posibilidad alguna de estar equivocado, tuvo que limitarse a pensar

 "el mundo de hoy no esta preparado para entender lo que digo, otros lo harán"

Y ahora debo decir, muy a mi pesar, que no son pocos los que han sentido lo mismo que él, e incluso que muchos de ellos aún lo sienten, pero quizás por humildad, o por sentido común, nos vemos forzados a admitir, que lo que tanto nos intriga, no resulta interesante para los demás.